La sociedad de los valores invertidos
¡Escándalo!
¡Escándalo! Los medios de comunicación echan humo y los políticos se echan las
manos a la cabeza por el supuesto escándalo del espionaje ilegal a sus
camaradas de ralea.
Desde luego, ni los medios de comunicación
ni los implicados han hecho hincapié en ese pequeño detalle que parece pasar desapercibido,
ese detalle tan elemental que deja al descubierto una trama de corrupción de la
familia Pujol.
Lo que tiene a todo el mundillo del circo
político histérico, con los pelos de punta y <<acojonados>> no es
la violación de la intimidad sino la probabilidad de ser descubiertos en sus
fechorías y por tanto que sus corrupciones puedan hacerse públicas.
Si las primeras revelaciones de la agencia Método
3 han causado esa supuesta <<alarma social>> (aunque a mí no me ha
alarmado, en absoluto; excepto quizás porque me parece absurdo que se persiga
a la presa y no al cazador. Tampoco creo que los ciudadanos de a pie estén
demasiado preocupados porque se espíe la labor de los funcionarios públicos, de
la clase política y de todo lo que tenga que ver con éstos); las posteriores
investigaciones han llevado a la clase política a tomar acciones inmediatas
para protegerse. La clase política teme un efecto <<bola de nieve>>
pues si muchas otras agencias como Método 3 (las hay por toda España),
revelaran los espionajes que se han realizado a muchos funcionarios públicos no
se escaparía ni el gato.
Pero no solo la clase política está manchada
con la corrupción, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado les hacen
competencia conjuntamente con jueces y miembros de la judicatura. Eso no lo
digo yo, sino que lo han revelado las mismas fuentes que denuncian el espionaje
en La Camarga, pues en su pánico no se han dado cuenta que se acusan a sí mismo
al manifestar que si todas las conversaciones de los muchos políticos que eran
habituales en aquel restaurante fueran desvelados se crearía perjudicaría la
imagen de muchos funcionarios públicos donde se incluyen ministros, senadores,
miembros de la policía. Es decir, todo un menú corrupto de pantagruélica
bufonería. Sin olvidar, por supuesto, al sector privado, el gran corruptor de
la clase política española.
Para Alfonso
Alonso, portavoz Parlamentario del PP, el caso de los espionajes en Cataluña es
algo inadmisible, pero parece que sí es más admisible la manifiesta corrupción
de algunos miembros de su partido. Pero no solo Alfonso Alonso ha salido a
defender la intimidad de los políticos a él se han unido muchas otras voces que
no han cesado de pedir justicia y esta misma semana han sido detenidos los
implicados en este escándalo de la agencia Método 3, pero curiosamente no se ha
abierto ninguna investigación en relación a las supuestas bolsas llenas de
dinero que la familia Pujol llevaba por todo Barcelona. La clase política une
fuerzas y escuchamos a sus próceres muy preocupados. Los peces gordos han
salido a defender su derecho a la intimidad, pero nadie ha salido a defender el
deber de los funcionarios públicos a la transparencia y a la honradez.
Es decir, los cuerpos y fuerzas de
seguridad del Estado espían cada día a todo parroquiano por diferentes razones.
La persecución de la piratería en Internet se hace a veces con señuelos para
desmantelar redes dedicadas a este delito. Pero parece que no existe un
organismo dedicado a la perseguir la corrupción política que ha desangrado a
este país.
No, los recursos los dedicamos a perseguir
negritos que venden CD de tres al cuarto en los parques y paseos de España. En
general, a los ciudadanos de a pie nos pueden espiar de mil maneras, amparados
en diversas leyes y se pueden cometer todo tipo de abusos: desde bloquear
nuestras cuentas bancarias y retenernos cualquier cantidad hasta embargar
nuestra nómina por sumas ridículas.
Por míseros 30 euros de una multa de
aparcamiento un ciudadano cualquiera ya puede atenerse a las consecuencias,
pues para cobrárselos Hacienda viola fragantemente la Ley de Protección de
Datos. No obstante, los ciudadanos debemos soportar sí o sí. La Ley ha sido
diseñada para castigar duramente las pequeñas infracciones y para garantizar la
inmunidad de los grandes defraudadores.
Por cualquier nimiedad a un ciudadano normal
se le impone una multa exagerada: 400 euros por hacer pis en un rincón de la
vía pública, cuando ni siquiera existen suficientes baños públicos. 200 euros
por aparcar en doble fila cuando los Ayuntamientos se han empeñado en hacer
dada vez más calles peatonales y en lugar de crear aparcamientos, entre 2005 y
2012 en España han ido despareciendo más del 25 por ciento de las plazas de
aparcamiento públicas.
Las grandes empresas son cada vez más fuertes
e inmunes a las denuncias, por ejemplo, de los consumidores. Las organizaciones
de consumidores en España no juegan ningún papel en la reglamentación contra
los abusos de las empresas. Los consumidores estamos en un estado de orfandad
total.
Una empresa como telefónica puede cometer
cientos de abusos contra los consumidores y no recibirá ninguna multa por ello,
por el contrario un usuario que, por ejemplo, deje de pagar míseros diez euros
a Telefónica será registrado en una de las muchas listas de morosos y se
violarán reiteradamente una serie de derechos. Si alguna empresa comete un
error en la facturación de un cliente el cliente está siempre obligado por ley
a pagar aunque la empresa reconozca su error y después podrá denunciarle. Pero con
las nuevas tasas judiciales las empresas quedan protegidas contra cualquier
denuncia porque en cualquier caso el cliente siempre pagará más por
denunciarles que por pagarles lo que no ha consumido. Así estamos a merced de
los abusos de las multinacionales y las grandes empresas cuyos intereses se ven
cada vez más protegidos por las leyes.
Un ciudadano
común es acusado de, por ejemplo, aparcar mal, y la administración no se
preocupa por saber si esto es cierto o falso, la multa está puesta y hay que
pagarla, por tanto el ciudadano que se niegue a hacerlo sufrirá una persecución
a todo gas por parte de la
administración y ésta, que está en poder de todos los datos del contribuyente
hará cualquier cosa para cobrarse los treinta eurillos de la multa.
Cuando se
trata de juzgar a los políticos, cuando es su ralea la que se ve afectada, el
discurso cambia. A estas alturas las cuentas de los Pujol no están bloqueadas.
Seguirán cobrando las pensiones estatales y continuaran su tren de vida sin que
el Estado emprenda acciones para saber si sus ingresos han sido legales.
A estas alturas cualquier político corrupto
está más protegido que un ciudadano común a pesar de que los delitos de ambos
sean muy diferentes. La comparación, y sobre todo el trato, es muy diferente. En
el País de las Maravillas, es una maravilla delinquir; sobre todo si los
delitos se cometen en el ámbito estatal.
Un político
corrupto cuyo delito ha sido declarado públicamente por testigos, como en el
caso que nos concierne hoy, cuyo flagrante delito debería ser investigado
inmediatamente, está a salvo de la ley y sus cuentas no van a ser ni bloqueadas
y en muchos casos ni siquiera es llamado a declarar.
¡Este es el verdadero escándalo!
¡Ésta es la verdadera noticia!
La sociedad
actual –manipulada por la clase política- ha invertido los valores y protege
más el derecho a la intimidad y el buen nombre del delincuente que el derecho
intrínseco a castigar los actos delictivos.
Es esta inversión surrealista de la
conciencia jurídica lo que nos ha llevado a estar a merced de la clase política
que ha logrado amoldar la Ley en su propio beneficio y protección.
Lo más triste de todo ello es que la
sociedad actual permanece impávida ante hechos tan contundentes como éste.
Sigamos así, sigamos escandalizándonos por
hechos como este, mientras los verdaderos delitos permanecen impunes.
Sigamos protegiendo los derechos de
terroristas, corruptos, estafadores, asesinos, delincuentes y todo tipo de
grandes infractores de la ley y sigamos siendo contundentes con las pequeñas
infracciones.
¿Acaso hemos
retornado a la época de la superstición?
Los
funcionarios públicos no son dioses, no son sagrados ni mucho menos poseen
inmunidad de ningún tipo, los funcionarios públicos y toda la clase política
está a nuestro servicio. Ostenten o no un cargo público están sujetos a la
voluntad y al deseo, primero de la Ley y, segundo, del pueblo como supremo e innato
legislador.
Si bien hoy la mayor parte de las leyes han
sido diseñadas para proteger corruptos, es menester que el pueblo recupere para
sí el derecho, el derecho que por naturaleza le pertenece. Bajemos del pedestal
a la clase política y castiguemos severamente la traición de los funcionarios
públicos. Los cuales ante una mera sospecha de corrupción deberían ser
apartados inmediatamente de sus funciones públicas y si su delito es comprobado
deben ser inhabilitados de manera vitalicia.
La primera condición para ser funcionario
público debería ser una conducta ciudadana intachable y sus actos deberían
estar sujetos a una vigilancia constante. Si éstas personas han decidido
dedicarse a la vida pública deben renunciar a ciertos derechos que poseemos los
ciudadanos anónimos y en su calidad de personajes públicos deben hacer siempre
un ejercicio de transparencia absoluta.
En mi opinión,
considero el espionaje a la clase política no una vulneración de sus derechos
sino todo lo contrario un deber de los ciudadanos, el precio que todo personaje
público debe pagar.

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