Una cortina
de humo de las élites
El caso Nóos
se politiza a pasos agigantados. La familia Real se ve cada vez más acorralada
por un escándalo que ya ha llegado hasta el punto de obligar a Casa Real a emitir un comunicado donde
responde a los cuchicheos de los pasillos y que apuntaban a una probable
abdicación del S.M. el rey, según refrenda el comunicado el monarca <<no
piensa ni ha pensado abdicar>>.
Queda, pues, descartado que don Juan Carlos
abdique. No obstante, esas voces chillonas y extremistas no cejan en sus
intentos de desprestigiar a la monarquía. Voces que tienen nombre propia: Pere
Navarro. Un peligrosísimo personaje que fue alentado por el último gobierno
socialista y cuyas ideas son veneno. Pero esa es otra historia.
Ha sido la
implicación del Duque de Palma en la trama Nóos lo que ha ido desvelando las
debilidades o las supuestas implicaciones de la Casa Real española en una serie
de sucesivos escándalos. Se ha intentado, asimismo, implicar a la infanta doña
Cristina, al secretario de las Infantas, a la princesa Corinna zu Sayn
Wittgenstein e incluso al propio monarca. Por separado, mientras Carlos García
Revenga ha mantenido una actitud intachable -al menos de cara a la opinión
pública-, la princesa alemana ha desatado, con sus inoportuno pico de oro-
muchos otros interrogantes poco beneficiosos para la casa del Rey.
Siempre he
creído que si el duque de Palma o cualquier otro miembro de la Casa Real ha
cometido un delito debe ser juzgado conforme a las leyes y debe recibir el
mismo trato que cualquier otro ciudadano español –aunque se plantea el debate
si los personajes públicos -por la misma calidad que ostentan- no deberían ser
castigados con mayor rudeza-. Por consiguiente, ese individuo debería ser relevado
de cualquier tipo de cargo o se le debería retirar cualquier título o distinción
con la que la que el Rey le haya distinguido.
Un comportamiento delictivo debe ser un
motivo suficiente para la retirada de cualquier distinción nobiliaria – y en cuanto
a esto el derecho nobiliario no esgrime ninguna objeción, pues la voluntad del
monarca es la que prevalece en este caso-.
También he
defendido al duque de Palma en cosas como en su relación familiar con la Casa
Real. Aunque le fueran -en un hipotético caso- retirados sus títulos, ese señor
sigue siendo el padre de los nietos de los reyes y marido de una infanta. Dejando
atrás que sea culpable o no, no creo que nadie en la sociedad española pueda
obligar a una familia -cualquiera que esta sea- que le retire el trato a uno de
sus miembros.
Teniendo en
cuenta las últimas noticias creo que el duque de Palma ya no merece ningún
tratamiento nobiliario destacado y su relación con la Familia Real debería limitarse
al ámbito privado y nada más, porque sea o no culpable de los hechos que se le
imputan las meras sospechas que han caído sobre su persona ya son suficiente
motivo para que no destaque dentro de la sociedad española ni la represente de
ninguna forma.
El duque em-palmado
La fruslería
o broma pueril del Duque de Palma fue una de los primeros grandes errores que
empezó a restarle adeptos y que empezó a revelar a la opinión pública una
personalidad distinta a la que estábamos acostumbrados a observar en él. No
obstante, esta vulgar y ridícula nimiedad revela una complicidad, cierto nivel
de confianza con su socio que hace pensar que en aquella sociedad existía una
gran amistad aparte de la relación laboral y por ello no puede ser posible que
Urdangarín esté tan al margen de todo el affaire Nóos.
Una cosa si
parece cierta, y es la cantidad de errores que ha ido cometiendo sucesivamente
el duque de Palma y que van desde hablar por un teléfono móvil mientras
conducía su vehículo (cometiendo así una infracción de tráfico delante de
cientos de cámaras de televisión) hasta sus desplazamientos por toda España
haciendo una vida algo sibarita y alejada de la observancia austera a la que
debería someterse, aunque sólo sea por salvar las apariencias.
Empero, al duque lo hemos visto ora esquiando
ora disfrutando de una buena cena en un restaurante de lujo. Y es, entonces,
cuando nos preguntamos si además de la incompetencia de sus asesores y
secretarios no hay también cierta dejadez y pasotismo en el duque de Palma.
Desde aquí yo le recomendaría hacer un alto y examinar detenidamente su muy
delicada situación. Urdangarín debe hacer un ejercicio de moderación, de temperancia
y actuar con extrema prudencia en un momento tan delicado de su vida.
Por otro
lado, aunque no me considere un defensor a ultranza de la Monarquía, sí es
cierto que la monarquía española no solo merece mi respeto y considero que el
reinado de SS.MM no se puede desechar tan fácilmente y olvidar de un plumazo el
servicio que han hecho a España. Su función como Grandes embajadores y de
excelentes relacionistas públicos ha generado riqueza y una alta estima de la
diplomacia española en todo el mundo.
Me parece deleznable el ataque por de parte
algunos sectores que otrora se mostraban serviles y modositos pero que hoy,
aprovechándose de los acontecimientos adversos se lancen sobre a la Monarquía
como lobos famélicos y pretendan vendernos una leyenda negra de nuestros
propios monarcas.
Que don Juan
Carlos –como la gran mayoría de los Borbones de hoy y de ayer- se ha lanzado a
los brazos de numerosas amigas no es secreto para nadie. Sin embargo, si los
deslices de Alfonsito XII o Alfonso XIII no fueron motivo para desprestigio de
la monarquía mucho menos lo deben ser los del rey don Juan Carlos que han sido,
dentro de lo que cabe, los más discretos y elegantes de toda su estirpe.
Llegados a
este punto, con la mano en el corazón y con la sangre fía ¿no convendría a la
Monarquía, en un momento tan difícil para la misma, la abdicación del Rey?
Por un lado podemos sumar argumentos a la
posible abdicación del Rey su delicado estado de salud y la necesidad de hacer
un cambio en la imagen de la Casa Real. Esta abdicación nunca podría ser
entendida como una debilidad del Monarca ni su retiro definitivo de la vida
pública si no todo lo contrario como el mayor servicio que se le puede hacer a
la Corona en este momento; pero, sin duda alguna, se hace evidente un cierto egoísmo,
cierta testarudez en don Juan Carlos que no desea <<apearse del
burro>> y dar paso al príncipe Felipe quien, por otro lado, no sólo está
en una edad más que suficiente para acceder a la Corona si no que como el mismo
monarca a refrendado en varias ocasiones <<Felipe es el Príncipe de
Asturias mejor formado que jamás a tenido España>>.
Pensamos, entonces, en el comienzo de una transición,
un relevo lento. Parece que sale a relucir el mismo temperamento del finado
conde de Barcelona, quien porfío en aquello de no ceder a su hijo el derecho a
reinar.
La historia se repite. Siempre ocurre lo
mismo.
Parece
también que los enemigos de la monarquía, que los sempiternos anarquistas y
republicanos de ultranza -al más puro estilo de Pere Navarro- no cejarán en sus
absurdos intentos de convertir a España en esa República churrasquera que
siguen soñando, una República de pandereta que no tiene ya cabida en nuestro
camino evolutivo y que sólo siguen añorando los radicales ilusos que se niegan
a enfrentarse a la nueva realidad de la sociedad española, de la misma forma
que los carruajes oxidados que pretenden convertir de nuevo a España en una
dictadura al estilo franquista. Ninguna de estas opciones parece que podrá
convencernos, excepto por la fuerza. ¡No a una República, no a una dictadura!
Volviendo al
caso Nóos no veo nada ecuánime que un juez inste a un testigo a que implique a
un tercero en una investigación como unas palabras como <<dígame algo
para poder implicarla>>, pues dicho así parece que el juez deseara la
implicación de la infanta y a mí esa actitud me sugiere una predisposición
contra la Casa Real muy nociva para la búsqueda de justicia.
Esa expresión, más acorde a la que pudiera
expresar un inquisidor de estos que tuvimos en España que sacaban las
confesiones a punta de amenazas. O uno de esos policía que aparecen en las
películas americanas y que interroga a con amedrentaciones a los implicados.
Todo esto me resulta peligroso, muy
sospechoso. Si frente a lo que estamos no es más que otra conspiración más de
las élites bancarias y empresariales -algunas de ellas manifiestamente
antimonárquicas- entonces la sociedad española está frente a una de las
traiciones más grandes de su historia y una de las maquinaciones más viles.
Esta posibilidad nos estremece: si el caso
Nòos es solo una cortina de humo (lo cual no es descabellado) para desviar la atención
de la opinión pública y así dejar el camino libre a los enemigos de España, las
élites bancarias, los independentistas (tras los que están algunas veces las
mismas entidades financieras) y en general todos aquellos cuyos intereses se
basan en el desequilibrio político y social de España podrían aprovecharse de
la división de España de manera desastrosa.
Si esta hipótesis es cierta, la epidemia de
la corrupción no es un síntoma preocupante si no una enfermedad terminal y
frente a ella lo único que podemos hacer es amputar esos miembros engangrenados
antes de que esta nación se suma en más ultrajante derrota.


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