En
la antigua Roma la responsabilidad política siempre fue un asunto de lo más
serio y la necesidad del apoyo popular era tan indispensable que muchos
políticos llegaban a convertirse en demagogos (esa palabra que utilizan tanto
los panelistas de programas de televisión y cuyo significado parecen
desconocer). Los demamogos no eran otra cosa que esos políticos que en su afán
por ganarse el apoyo del pueblo seguían sin miramientos toda clase de locuras,
se esmeraban tanto por agradar que llegaban a convertirse en títeres seducidos
por el aplauso popular. Y el pueblo romano se caracterizó por pedir
excentricidades a sus líderes, hasta el punto de convertir la demagogia en una
práctica detestable entre la clase política <<culta
e ilustrada>>.
Hoy ocurre todo lo contrario, los políticos
se empeñan en no ser demagogos y en ser lo más impopulares posible. Pero si
bien la clase política <<culta e ilustrada>> romana se hacía impopular gracias a su
despotismo es cierto que muchas veces las leyes y medidas al final iban en
bienestar de la población. Cicerón no fue propiamente el más popular entre el
pueblo pero es innegable que sus aportes jurídicos iban en beneficio de la
población. Quizás esto nos sirva para comprender que no siempre un sector tiene
la razón y que precisamente debe ser la razón la que guíe a los pueblos, desde
la esfera política y descendiendo hasta el pueblo. Porque deben ser los líderes
los precursores del bienestar de la población, al menos visto con un criterio
idealista.
Si bien el pueblo es soberano también es
heterogéneo y no siempre las peticiones populares son las más idóneas; porque
así como los ciudadanos luchan por sus intereses la clase política lucha por
los suyos... Pero, ¿acaso no deberían ser los intereses de los ciudadanos los
mismos que los de sus líderes políticos? Teóricamente, sí. Aunque en España eso
no ocurre, como puede comprobarse cada día. Si bien hemos reconocido que no
siempre el clamor popular camina en la dirección correcta hoy por hoy es
innegable que el clamor popular no sólo está plenamente justificado, además el
clamor popular es un pandemia que amenaza con convertirse en crónica.
Esteban González Pons ha decidido denunciar a los miembros de la Plataforma de
Afectados por las Hipotecas, una decisión a mi parecer desacertada e
indignante. En primer lugar, porque esgrime que se siente acosado en su
domicilio particular y, además, dice que teme por sus hijos.
¿Acaso, señor González Pons, los afectados por las hipotecas no han sido los primeros en ser acosados en sus domicilios particulares por aquellos bancos cuyas usuras los llevaron a la ruina? ¿Acaso estas personas no tienen también hijos que han sido desalojados de sus hogares o que sobreviven en una constante alteración de su vida familiar al verse asediados, acosados, vilipendiados de mil maneras por los bancos que les han defraudado? ¿Acaso no es usted político y personaje público y no pasa por usted, al igual que por otros líderes de su partido, el poder para cambiar esa situación que padecen miles de ciudadanos?
¿Acaso, señor González Pons, los afectados por las hipotecas no han sido los primeros en ser acosados en sus domicilios particulares por aquellos bancos cuyas usuras los llevaron a la ruina? ¿Acaso estas personas no tienen también hijos que han sido desalojados de sus hogares o que sobreviven en una constante alteración de su vida familiar al verse asediados, acosados, vilipendiados de mil maneras por los bancos que les han defraudado? ¿Acaso no es usted político y personaje público y no pasa por usted, al igual que por otros líderes de su partido, el poder para cambiar esa situación que padecen miles de ciudadanos?
Si bien puedo entender perfectamente lo
molesto que puede resultar tener a personas manifestándose frente al domicilio
particular, lo que no puedo entender es que alegue usted acoso cuando los que
han sido primeramente acosados y ultrajados han sido los que se manifiestan.
Abra los ojos, señor González Pons,
escuche a muchos de sus propios votantes porque los abusos de las
hipotecas no han visto color político.
Por
otro lado, si no desea usted ser acosado, estimado señor Pons, dimita y dedíquese
a cualquier otra profesión. Abandone el partido porque está bien claro que no
sabe lo que es responsabilidad política.
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